¿Cómo será el fin del universo? Esto dice la ciencia
El universo tiene fecha de caducidad y ya existe un mapa del camino. Tres finales compiten por ser el verdadero, un árbitro invisible decide cuál gana, y el más probable no es una explosión sino un apagado por etapas. Al final de la crónica queda un consuelo inesperado: llegamos en la mejor época, y todavía quedan las luces encendidas.
La partida: la gravedad contra la expansión
Todo lo que ves, cada estrella, cada galaxia, cada átomo de tu cuerpo, tiene fecha de caducidad. Y por primera vez en la historia, sabemos cuál es. No hace falta mirarlo con miedo: el final es mucho más extraño de lo que imaginas.
En 1998, dos equipos rivales midieron supernovas lejanas para averiguar quién iba ganando la partida del cosmos. Esperaban encontrar un universo frenando. Encontraron exactamente lo contrario: la expansión está acelerando. Algo empuja el cosmos a separarse cada vez más deprisa, no sabemos qué es, y lo llamamos energía oscura, que es el nombre científico de "ni idea".
La partida se juega entre dos contendientes. En una esquina, la gravedad: la fuerza paciente que construyó galaxias, estrellas y planetas juntando polvo durante miles de millones de años. En la otra, la expansión: el propio espacio estirándose, separando las galaxias unas de otras desde el primer día.
Durante casi todo el siglo veinte la pregunta parecía simple: ¿tiene el universo suficiente materia para frenar la expansión y volver a caer sobre sí mismo? La energía oscura es el árbitro de esa partida, y de ella depende cuál de los tres finales posibles nos espera. Vamos a visitarlos, del más violento al más extraño.
Final número uno: el Gran Desgarro
Si la energía oscura se hace más fuerte con el tiempo, no se conformará con separar galaxias.
Primero desgarrará los cúmulos. Luego, las galaxias. Después arrancará los planetas de sus estrellas. Y en la última media hora de la historia desmontará los átomos, uno a uno.
Es el final más violento: el propio espacio rompiéndose. Respira, porque los datos actuales sugieren que no vamos por ese camino. Pero todavía no podemos descartarlo.
Final número dos: la Gran Implosión
Si la energía oscura se debilita, y hay pistas recientes de que podría estar pasando, la gravedad recuperaría el mando.
La expansión se frenaría, se detendría, y todo empezaría a caer. Galaxias acercándose, cielo calentándose, hasta un colapso final: un Big Bang al revés.
Algunos físicos sueñan con que de ese colapso rebote otro universo. Un cosmos que respira: se expande, se contrae, renace. Es poético. Y de momento, no tiene pruebas.
Final número tres: la Gran Congelación
Si la energía oscura sigue como hasta ahora, constante e implacable, el final no será ni desgarro ni implosión. Será algo mucho más lento, y es el favorito de los datos: la Gran Congelación, la muerte térmica del universo.
No es una explosión ni un colapso. Es un apagado. Lento, silencioso, perfecto. Y ocurre por etapas, como una casa donde las luces se apagan habitación por habitación.
La primera etapa ya empezó: la era de las estrellas. La nuestra. El universo lleva unos 10 mil millones de años fabricando cada vez menos estrellas. Su mejor época ya pasó.
Dentro de unos cien billones de años, un 1 seguido de 14 ceros, nacerá la última estrella. Y las que queden serán las más tacañas: enanas rojas que gastan su combustible gota a gota. Nuestro Sol, para entonces, llevará una eternidad muerto; cómo muere, y qué le hace a la Tierra por el camino, es una historia aparte.
Una a una, las últimas enanas rojas parpadearán y se apagarán. Y por primera vez desde el principio de los tiempos, el universo quedará a oscuras. Para siempre.
La era de los cadáveres
Fin de la era de las estrellas. El universo, sin embargo, no se queda vacío: se queda con los restos.
Es la era de la degeneración, un universo poblado por despojos: enanas blancas enfriándose, estrellas de neutrones, agujeros negros y planetas huérfanos vagando a oscuras. De vez en cuando, cada billones de años, dos cadáveres estelares chocarán y encenderán un destello fugaz. Los últimos fuegos artificiales de un cosmos negro.
Las galaxias también se deshacen. Los encuentros gravitatorios expulsan estrellas muertas al vacío, y las que quedan caen, poco a poco, hacia el agujero negro central.
Y luego está el destino de la propia materia. Muchos físicos sospechan que ni siquiera los protones son eternos. Si es así, los cadáveres estelares se disolverán átomo a átomo, como terrones de azúcar en la eternidad. Nadie lo ha visto ocurrir: hay detectores esperando desde hace décadas a que un protón muera. Si ocurre, la materia tiene los días contados.
Los últimos monstruos
Y entonces solo quedarán ellos: los agujeros negros. En la era final serán los únicos habitantes del cosmos, los últimos faros de oscuridad.
Pero Stephen Hawking les encontró una grieta: tampoco ellos son eternos. Se evaporan. Emiten un brillo tenue, la radiación de Hawking, y con cada destello pierden un poco de masa.
Un agujero negro del peso del Sol tarda en evaporarse 10 elevado a 67 años. Los gigantes de los centros galácticos, un 1 seguido de 100 ceros. Un número tan grande que no existe comparación honesta.
Cuando el último agujero negro se evapore, con un suspiro final de partículas, terminará la última era del universo que contiene cosas.
La era oscura, y la letra pequeña
Lo que queda después ya no es una era. Es la eternidad.
La era oscura es un océano infinito de espacio, cada vez más frío y más vacío: fotones agotados y partículas sueltas que jamás volverán a encontrarse. La temperatura de todo se acercará al cero absoluto, y con ella morirá algo más profundo que la materia: la posibilidad de que pase algo.
Porque para que ocurra cualquier cosa, un pensamiento, un reloj, una chispa, hace falta un desnivel: energía fluyendo de lo caliente a lo frío. Y en la muerte térmica todo está exactamente igual de frío. Sin desniveles no hay flujo. Sin flujo no hay cambio. Sin cambio, el tiempo deja de notarse. El universo no termina con un grito: termina con una calma absoluta, un cosmos en paz perfecta e inútil.
Pero antes de deprimirse conviene leer la letra pequeña del contrato.
La primera: todo esto es una extrapolación. Estamos prediciendo 10 elevado a 100 años de futuro con apenas un siglo de cosmología. Es el pronóstico del tiempo más atrevido jamás hecho.
La segunda: la energía oscura. Un instrumento llamado DESI empezó a insinuar que quizá no es constante, que quizá se está debilitando. Si eso se confirma, todos los finales vuelven a estar sobre la mesa, incluida la Gran Implosión. El motor del universo podría estar apagándose.
Y la tercera, la que se lee despacio: en una eternidad infinita, lo improbable deja de ser imposible. Fluctuaciones cuánticas. Rarezas estadísticas. En un tiempo sin fin, hasta el vacío puede toser. Algunos físicos especulan con que un universo nuevo podría brotar del cadáver del nuestro. Es pura especulación, pero abre una puerta de vértigo: quizá nuestro Big Bang fue exactamente eso, y de dónde salió lo nuestro es otra historia entera.
Estamos en el prólogo
Volvamos a casa, porque quizá ronda una pregunta: ¿para qué contar esto? ¿Para qué mirar un final que nadie verá?
Nuestra galaxia navega arrastrada por corrientes invisibles hacia el Gran Atractor; esta es la otra mitad del mapa, la que dice hacia dónde va todo.
Y la respuesta es la misma de siempre: saber dónde estás cambia cómo vives. Nuestro momento cósmico es un privilegio absurdo. Vivimos en la era luminosa: cielo lleno de estrellas, energía a raudales, materia recién hecha. La fiesta del universo. Y llegamos justo a tiempo.
Las criaturas de la era de los cadáveres, si alguna vez las hay, mirarán su cielo negro y no podrán deducir nada de esto. Nosotros todavía vemos el Big Bang brillando de fondo en el cielo. Somos, quizá, la generación cósmica con mejores vistas: los que llegaron cuando todas las luces estaban encendidas.
Y hay otra forma de verlo, la mejor: al universo le queda muchísimo más por vivir de lo que ha vivido. Si comprimes su historia completa, del Big Bang a la evaporación del último agujero negro, en un año, todo lo ocurrido hasta ahora no cabe ni en el primer parpadeo del uno de enero. Todo lo demás, casi la totalidad de la existencia, está aún por delante. No estamos al final de la historia. Estamos en el prólogo.
Así que sí: la partida la gana la expansión, y el universo morirá. Lento, frío, en silencio. Y aun así, esta noche las estrellas siguen encendidas.
Todas las historias necesitan un final para significar algo. La del cosmos también. Que se apague no la hace triste: la hace única. Irrepetible. Nuestra. La próxima vez que mires el cielo, recuérdalo: estás viendo la mejor época del universo. El resto de la eternidad envidiará estas vistas.