La antena de Madrid que escucha a la Voyager
En un valle cercano a Madrid, un plato de setenta metros escucha la voz más lejana de la humanidad: la de la Voyager 1, que habla con la fuerza justa para encender la luz de un refrigerador. Esta es la historia de esa antena, de cómo creció al ritmo de las naves y de la conversación que todavía sostiene.
Un plato de setenta metros para la voz más lejana
Cerca de Madrid hay un plato de setenta metros hecho para oír la voz más lejana de la humanidad. Antes de terminar esta historia vas a saber lo débil que llega esa voz.
Es la voz de la Voyager 1, la nave más lejana que hemos construido. En octubre de 2026 está a más de 25 mil millones de kilómetros. Si le dijeras hola, tu saludo tardaría casi un día entero en alcanzarla, y su respuesta, otro tanto en volver. Casi dos días para decirse hola.
Y de esa voz llega casi nada. Tan poco, que ninguna radio que puedas tener en casa sacaría de ahí una sola palabra.
Para oírla hace falta un plato como este, de setenta metros, apuntado con una precisión de milésimas de grado. La NASA tiene en el planeta tres lugares así, que se turnan para escuchar a las naves lejanas, y uno de ellos es este valle: Robledo de Chavela. Muy cerca, en Cebreros, la Agencia Espacial Europea tiene su propia antena de espacio profundo.
Tres oídos para un planeta que gira
La Red de Espacio Profundo de la NASA tiene tres complejos: Goldstone, en el desierto de California; Canberra, en Australia; y el de Robledo, a 65 kilómetros al oeste de Madrid.
Están separados unos 120 grados de longitud. Por lo tanto, cuando una nave se hunde bajo el horizonte de uno, el siguiente ya la tiene a la vista. La Tierra gira, y el relevo no se corta nunca.
Pero no todas las naves se ven desde todas partes. En Saturno, como se cuenta en el viaje de la nave que nunca volverá, la Voyager 1 se desvió para rozar Titán. Aquel desvío la lanzó hacia el norte, unos 35 grados por encima del plano de los planetas.
Su gemela, la Voyager 2, acabó muy al sur, tanto que ninguna antena del hemisferio norte la ve. A ella solo le queda Australia.
A la Voyager 1, en cambio, se la oye también desde el norte: desde California y desde Madrid. Por eso este valle tiene un sitio en esta historia.
Robledo de Chavela, desde un papel firmado en 1964
Robledo de Chavela empieza con un papel firmado. Es 29 de enero de 1964: España y Estados Unidos cierran un acuerdo, y ese mismo año empiezan las obras.
En 1965 ya funciona la primera antena, de 26 metros. A mediados de los años sesenta, la NASA tiene tres estaciones alrededor de Madrid: Robledo, Cebreros y Fresnedillas, y la de Fresnedillas trabaja para los vuelos tripulados, los de los Apolo. En 1984, su antena se desmontará y viajará hasta Robledo.
Por esos años, un ingeniero español de la red, José Urech, prueba algo que nadie había hecho en ella: sumar lo que oyen dos antenas separadas 20 kilómetros, para escuchar mejor a una sonda, la Pioneer 8. Es 1969. Funciona, y la NASA acabará usándolo con la Mariner 10, en Mercurio.
En 1973 se termina el plato grande, la antena DSS-63. Sus primeras señales llegan de la Pioneer 10, que se acerca a Júpiter, y de la Mariner 10, camino de Venus.
La DSS-63 mide setenta metros y pesa 8 mil 500 toneladas, 3 mil 500 de ellas en movimiento. Su espejo son 1 272 paneles de aluminio. Y en toda esa superficie no se tolera una deformación mayor de un cuarto de milímetro.
La antena que creció con las Voyager
Y entonces llegan las Voyager. El 12 de noviembre de 1980, la Voyager 1 pasa junto a Saturno, y la antena de Madrid es la estación principal de un experimento delicado.
La nave pasa por detrás de los anillos y del borde del planeta, y su señal los cruza de camino a la Tierra. En Madrid se registra cómo tiembla esa voz, y de ese temblor salen datos nuevos sobre cómo son los anillos y de qué está hecha su atmósfera.
Pero cada año la voz llega más débil. Por lo tanto, las antenas tienen que crecer. En julio de 1987, el plato de Madrid pasa de 64 a 70 metros; Canberra lo hace en octubre, y California, en mayo del año siguiente.
La prisa tenía fecha. El 25 de agosto de 1989, la Voyager 2 pasa junto a Neptuno, y en esos días las tres estaciones la escuchan casi sin pausa, sumando antenas. En Madrid, la grande y otra más.
Y como ni así bastaba, se pidieron oídos prestados: el radiotelescopio de Parkes, en Australia, las antenas del gran conjunto de Nuevo México y una antena de Japón. La jefa del proyecto Voyager lo resumió en 2017: en cierto sentido, la Voyager y la red crecieron juntas. La nave se alejaba, y en tierra los oídos se hacían más grandes.
Una voz con la fuerza de la luz de un refrigerador
La señal de la Voyager sale de un transmisor que tiene, según la NASA, la fuerza justa para encender la luz de un refrigerador. Unos 12 vatios, 18 cuando empuja al máximo.
Sale por una antena de casi cuatro metros y se abre por el camino como el haz de una linterna. Cuando llega aquí, ese haz es miles de veces más ancho que la Tierra, y un plato de setenta metros atrapa una miga. Según el presupuesto de enlace de la NASA, esa miga es un vatio partido en más de cuatro trillones de pedazos.
La cuenta que sigue es nuestra, no de la NASA. Si un plato de setenta metros juntara lo que le llega de ella, gota a gota, para devolverle a la luz del refrigerador un solo segundo encendida, tendría que escuchar más de cien veces la edad del universo. Y cada año, la cuenta crece.
Con esa voz, la ciencia de la etapa interestelar se diseñó para viajar a 160 bits por segundo, unas 20 letras cada segundo. Y aun así, a veces ni un plato de setenta metros basta.
Seis oídos abiertos en un valle
Sumar antenas es la salida: varias apuntan a la misma nave y sus señales se combinan como si fueran un solo plato gigante. En 2024, la NASA explicaba que para bajar los datos del instrumento de la Voyager 1 que escucha el plasma hacían falta cinco antenas sumadas, y que con la distancia harían falta seis.
Y solo un complejo de la red tenía entonces seis antenas en servicio: el de Madrid. Los otros dos tenían cuatro.
Es el 20 de abril de 2024. Por primera vez, las seis antenas de Robledo apuntan a la vez a la Voyager 1, en una prueba para recibir juntas sus datos.
Ese mismo día, en California, el equipo de la misión celebra otra cosa. Desde noviembre, un chip averiado dejaba ilegibles los datos de la nave. El 18 le enviaron un arreglo, y el 20 llegó la respuesta: por primera vez en cinco meses, la Voyager 1 podía contar cómo estaba.
La NASA no relaciona las dos cosas, y nosotros tampoco. Pero ese día la nave más lejana volvió a hablar, y en un valle de Madrid había seis oídos abiertos.
El truco de sumar antenas, el que sostiene esa conversación, lo habían probado primero en la red ingenieros del complejo de Madrid, en 1969. Urech y su Pioneer 8. Medio siglo después, el valle seguía sumando.
Una nave que se apaga por partes
Mientras tanto, la Voyager se va quedando sin energía. Sus generadores de plutonio dan unos 4 vatios menos cada año, y el equipo apaga calentadores e instrumentos, con cuidado de que el frío no congele sus tuberías de combustible.
El 25 de febrero de 2025 se apagó el instrumento de rayos cósmicos de la Voyager 1. En marzo, uno de partículas en la Voyager 2. Y el 17 de abril de 2026, otro de partículas en la 1, aunque le dejaron encendido un motorcito de medio vatio, por si algún día sobra energía para despertarlo.
A la Voyager 1 le quedan dos: uno escucha las ondas del plasma y otro mide los campos magnéticos. Según el jefe de la misión, siguen funcionando de maravilla. El último apagado, calculan, le da un año de respiro.
Los ingenieros creen que las dos naves podrían mantener al menos un instrumento encendido hasta entrada la década de 2030, y seguir al alcance de la red hasta más o menos 2036.
La gemela, al menos, ganó tiempo. En agosto de 2026, un ahorro de energía le dio a la Voyager 2 un año más, como mínimo, con sus tres instrumentos.
Un día luz
El 18 de noviembre de 2026, la Voyager 1 llega a 25 mil 902 millones de kilómetros de la Tierra. Un día luz. La distancia que recorre la luz en un día entero.
Nada hecho por nosotros había llegado tan lejos. Vuela fuera de la burbuja del Sol desde el 25 de agosto de 2012, el mismo día del calendario en que su gemela pasó junto a Neptuno. Y a partir de ese 18 de noviembre, cada palabra suya tarda un día en llegar.
Mientras tanto, el valle trabaja para muchas otras naves. En su lista de misiones están el James Webb, Juno o Perseverance, y en la web de la NASA cualquiera puede ver, en tiempo real, hacia qué nave apunta cada plato.
Si una noche buscas la constelación de Ofiuco, estarás mirando hacia donde viaja la Voyager 1. No verás nada, ni con el mejor telescopio que puedas tener. Pero en un valle de Madrid, un plato puede estar escuchándola.
Un día, no sabemos cuál, el plato apuntará a ese punto del cielo y no llegará nada. La nave seguirá su camino, callada, con su disco de oro, y la antena girará hacia otra voz.
La nave más lejana que hemos hecho nunca ha viajado sola: la acompaña una conversación. Y uno de los extremos de esa conversación está en un pueblo a sesenta y cinco kilómetros de Madrid. Todavía escucha.