El origen de la Luna: el planeta que chocó con la Tierra
La Luna es demasiado grande para un planeta rocoso y casi no tiene hierro. La explicación dominante es un choque entre la Tierra joven y un mundo del tamaño de Marte, Theia. Esta es esa noche contada con las rocas de Apolo, la crisis de los isótopos, las tres versiones que compiten y la propuesta de que el otro planeta siga enterrado bajo nuestros pies.
La esquirla de un choque entre dos planetas
Esa luz de la noche es la esquirla de un choque entre dos planetas. Y uno de los dos era la Tierra. El otro planeta quizá siga aquí, bajo tus pies.
Si algo pudiera protegerte aquella noche, verías lo que una simulación de la NASA sugirió en 2022: la Luna pudo armarse en cuestión de horas. Al rojo vivo, y entre 8 y 20 veces más ancha que la que se ve desde la Tierra en nuestra época.
Una luna demasiado grande, y casi sin hierro
Ningún otro planeta rocoso tiene una luna así: más de un cuarto del ancho de la Tierra, cuando Marte lleva dos peñascos, y Venus y Mercurio, ninguno.
Pero lo más raro está dentro. El núcleo de hierro de la Tierra es casi un tercio de su masa. El de la Luna, menos del 2 %. Una luna enorme, y casi sin hierro.
Un planeta pequeño con una luna así pide una explicación, y la ciencia tardó siglos en dársela. Por el camino descartó las ideas tranquilas.
La primera idea fue la captura: la Luna pasaba por ahí y la Tierra la atrapó. Pero una captura no calienta casi nada, y las rocas de Apolo cuentan que la Luna estuvo fundida, cubierta por un océano de magma.
La segunda idea fue la de las hermanas: la Tierra y la Luna nacieron juntas, del mismo polvo. Pero entonces tendrían la misma receta, y los núcleos ya lo dijeron: a la Luna le falta el hierro.
Por lo tanto hacía falta algo más violento. En 1975, dos equipos que no trabajaban juntos publicaron la misma idea salvaje: un choque. Nueve años después, en 1984, en una conferencia en Kona, Hawái, los especialistas pusieron las pruebas sobre la mesa, y el choque salió de allí como la teoría dominante.
La noche en que Theia chocó
El gran impacto empieza en un sistema solar recién nacido que era una demolición en marcha: embriones de planetas cruzándose, como en los primeros días del sistema solar. Crecer, entonces, era chocar.
En ese caos, la Tierra primitiva tenía un vecino del tamaño de Marte, con una décima parte de su masa. Lo llamaron Theia, como la titánide que fue madre de Selene, la Luna. El nombre ya cuenta el final.
Hace unos 4 mil 500 millones de años, 60 millones de años después de que empezara a formarse el sistema solar, sus órbitas se cruzaron por última vez.
La fecha llevaba años en disputa, porque las rocas daban dos edades: 4 mil 510 millones de años o 4 mil 350 millones. En diciembre de 2024, un estudio en Nature propuso que la edad joven no es un nacimiento, sino una cicatriz: las mareas de la Tierra amasaron la Luna hasta volver a fundirla. Si tiene razón, la Luna es vieja.
El choque, en las simulaciones, llega de refilón, a unos 9 kilómetros por segundo: más de 30 mil kilómetros por hora. No es una explosión. Son dos mundos convirtiéndose en uno, con roca fundida saltando al espacio.
La Tierra quedó casi entera fundida. El hierro de Theia se hundió hacia el centro de nuestro planeta, y el resto, roca fundida y vaporizada, formó un disco incandescente a su alrededor.
De ese disco de escombros al rojo, en la versión clásica, la gravedad hizo su trabajo de siempre: juntar. Pedazo a pedazo, se ensambló la Luna.
Y bajo aquella Luna recién nacida, la Tierra giraba mucho más deprisa que en nuestra época. Días mucho más cortos, una luna gigantesca y un suelo de lava: ese fue el primer cielo con Luna.
Esa es la hipótesis del gran impacto. Violenta, elegante, y capaz de explicar casi todo: el tamaño, la falta de hierro, el océano de magma. Casi todo. Porque fuimos a la Luna, y trajimos las rocas.
Las rocas de Apolo y la crisis isotópica
Las rocas de Apolo son la prueba. Entre 1969 y 1972, seis misiones trajeron 382 kilos de Luna, unas 2 mil 200 muestras. Medio siglo después siguen dando sorpresas.
La primera sorpresa cuadraba de maravilla. Las rocas traen muy poco de lo que se evapora con el calor, y abunda una roca clara, la anortosita, que se forma flotando sobre un océano de magma. Punto para el gran impacto.
Pero luego midieron los isótopos de oxígeno, variantes del mismo átomo con distinto peso. Cada mundo guarda su propia proporción, como una huella dactilar. Y los modelos del choque decían que la Luna debía estar hecha, sobre todo, de Theia.
La Luna salió idéntica a la Tierra. En 2016, una medida de alta precisión dejó la diferencia en una parte por millón, con un margen de cinco. Indistinguibles.
Es como una prueba de paternidad en la que el hijo no tiene nada de la madre. Algo en la historia no cuadra.
Lo llaman la crisis isotópica, y lleva años obligando a rehacer la noche del choque. Compiten tres versiones.
Tres formas de hacer una Luna
La primera es la coctelera: el choque fue tan energético que la Tierra y Theia se mezclaron a fondo antes de separarse. La medida de 2016 apunta justo ahí, a un impacto de muchísima energía.
La segunda es la sinestia. Un choque aún más violento lo convierte todo en una rosca gigante de roca vaporizada, algo que ya no es un planeta. La Luna se condensa dentro de esa nube, respirando el mismo vapor que la Tierra.
La tercera, la más nueva, es la Luna exprés. En 2022, las simulaciones más detalladas hasta entonces, de la NASA y la Universidad de Durham, mostraron que el choque pudo lanzar la Luna directo a su órbita en unas horas, con una capa exterior hecha en un 60 % de Tierra.
Ninguna gana todavía. Cada modelo explica una parte y cojea en otra, y la respuesta está escrita en las rocas. El problema es que las de Apolo vienen todas de cerca del ecuador, y del lado que vemos.
Por eso importa junio de 2024. La sonda china Chang'e 6 trajo casi dos kilos de la cara oculta, las primeras muestras de ese lado. Y ya dieron una sorpresa: volcanes de hace 2 mil 800 millones de años, más jóvenes de lo esperado.
Theia bajo tus pies
Pero la parte más asombrosa de esta historia no está en la Luna. Está debajo de tus pies. Porque Theia tuvo que quedar en alguna parte.
Su hierro, como se vio, se hundió hacia nuestro núcleo. Pero en 2023 apareció una propuesta mucho más audaz sobre el resto.
Los sismólogos conocen desde hace décadas dos regiones enormes y extrañas en el fondo del manto, justo encima del núcleo: una bajo África y otra bajo el Pacífico. Las ondas de los terremotos las cruzan más despacio que al resto.
La propuesta, publicada en Nature: esas dos regiones serían pedazos del manto de Theia. Roca del planeta forastero, entre un 2 y un 3.5 % más densa que la nuestra, hundida hasta el fondo tras el choque. Y todavía ahí.
Si se confirma, el planeta que nos golpeó no desapareció: está enterrado en casa. Es una propuesta, no un consenso, y su autor la reforzó en 2025 con nuevos cálculos.
Si es así, el asesino sigue en la casa. Y su hija, la Luna, sigue en el jardín. Aunque no por mucho tiempo, a escala cósmica: la Luna se está yendo.
Por qué la Luna se aleja
La Luna se aleja de la Tierra 38 milímetros cada año. Lo sabemos porque Apolo 11, 14 y 15 dejaron espejos en su superficie: les disparamos láseres desde la Tierra y cronometramos el rebote.
El pulso tarda unos dos segundos y medio en ir y volver, y un telescopio de Nuevo México lo ha cronometrado con precisión de picosegundos: el milímetro, a 384 mil kilómetros.
La culpable es la marea. La Luna levanta una joroba de agua en la Tierra, la Tierra gira más rápido y adelanta esa joroba, y la joroba tira de la Luna hacia delante. Órbita más alta cada año. A cambio, la Tierra gira cada vez más despacio.
Los días se alargan, y hay testigos fósiles. Los corales marcan líneas de crecimiento diarias, y en los del Devónico medio un año trae entre 385 y 410. Días de unas 22 horas.
La misma pelea de mareas frenó antes a la Luna, hasta que tardó lo mismo en girar sobre sí misma que en dar la vuelta. Por eso nos enseña siempre la misma cara. Y las mareas la calentaron por dentro: quizá fueron ellas las que la volvieron a fundir.
Hay otra consecuencia, y es una que Sidera persigue: los eclipses totales de Sol. El Sol es unas 400 veces más grande que la Luna y está otras tantas veces más lejos: por eso encajan. Pero la Luna se aleja, y un día ya no tapará el Sol entero. Los eclipses totales son un privilegio de esta época.
La guardiana del eje
La Luna es también la guardiana del eje. Es la pieza que ya apareció al preguntarnos si estamos solos: la inclinación de la Tierra apenas oscila poco más de un grado alrededor de 23, y de ese ángulo dependen las estaciones.
En los cálculos de 1993, sin Luna, el eje podría dar bandazos caóticos entre casi 0 y 85 grados. Marte, sin una luna grande, vive en esa zona caótica: su eje puede ir de 0 a 60.
Hay una corrección honesta. En 2014, otro cálculo encontró que sin Luna esos bandazos serían tan lentos que no impedirían la vida a largo plazo. La Luna quizá no sea imprescindible. Pero es una guardiana excelente.
Así que el inventario de regalos del gran impacto es este: un eje que casi no se mueve, las mareas, noches con luz para volver a casa, días que se estiran despacio y, quizá, un pedazo del otro planeta guardado en el sótano.
Aquella catástrofe resultó ser, con perspectiva, un accidente muy afortunado. Sin aquella noche, quizá no habría nadie para contarla.
La próxima vez que esté en el cielo, vale la pena mirarla un momento con esto en la cabeza. Es el pedazo de un planeta muerto, armado quizá en unas horas, que se aleja 38 milímetros cada año. Y el otro pedazo tal vez esté debajo de ti.
La Luna y el suelo que pisas vienen del mismo golpe, y esa historia todavía se mueve. La conocemos de toda la vida. Y apenas la estamos conociendo.